Bastet: la diosa que caminó del desierto al templo
En Egipto, el gato no era una mascota: era el ojo de un dios en la tierra.

La diosa egipcia Bastet fue originalmente una feroz deidad guerrera de cabeza de león del Bajo Egipto. Hacia el 1500 a.C., su imagen se suavizó hasta la de un gato doméstico, y se convirtió en la guardiana del hogar, el amor, la fertilidad y la alegría. Su ciudad sagrada era Bubastis, que cada año atraía a cientos de miles de peregrinos. Los devotos dejaban pequeñas estatuas de bronce con forma de gato en su templo como ofrendas votivas; muchas se conservan hoy en el Museo Británico y en el Louvre. Los gatos gozaban de un estatus casi divino en Egipto: matar a un gato era castigado con la muerte, y una familia que llorara la pérdida de un gato se afeitaba las cejas en señal de duelo. La línea entre el gato y la diosa en el antiguo Egipto nunca fue muy clara.
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